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REDENCIÓN

por
Ricardo L. Nirenberg,
traducido por el autor.
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ulseras de oro, relojes suizos, anillos, gemelos, pequeños diamantes sueltos: Berel Birnbaum los llevaba en su valija por los pueblitos ganaderos y polvorientos de la Pampa. Los clientes se alegraban al verlo llegar. Pasaban horas charlando sobre el precio de la carne o el partido de fútbol del domingo, y tomando mate se mezclaban con la de Berel las salivas de toda una familia. En el momento adecuado, sin apuro, Berel abría su valija. Un reloj para el papá, un prendedor para la mamá, una cadenita de oro para el nene o la nena. “En doce cuotas viene a salir ciento cincuenta pesos por mes. ¿Es demasiado? No se preocupen. En veinticuatro cuotas pagarían sólo cien pesos al mes”. Al volver a la ciudad y a su casa tras un día entero de viaje, negocios y matecitos, Berel se sentaba y ponía sus joyas más preciadas sobre la mesa. Como quien contempla las leyes que rigen el universo, Berel contemplaba los relojes. Las virolas elegantes, los imponentes números romanos. Observaba las agujas imperturbables, y alguna vez pensó que estaba en su poder detenerlas con sólo un dedo. Pero ¿a cuento de qué haría semejante cosa?

Una noche, al retornar, Berel detuvo su auto al pie del puente por el que se entraba a la ciudad, caminó hasta el tope, se inclinó sobre la baranda roída, y miró el agua del riachuelo. Desde las curtiembres vecinas la brisa traía el olor de cuero y de alcoholes sulfurados; las cloacas eructaban cienos que flotaban y tardaban en disolverse. La luna llena brillaba sobre las aguas muertas. Esa tarde Berel había vendido dos relojes. Uno al contado; el otro, más caro, en largas y lucrativas cuotas. No, no había perdido el tiempo. Tomó unos cuantos mates, comió pastelitos de dulce de membrillo, e incluso un par de bolas de fraile o suspiros de monja. Gajes del oficio, pequeños beneficios de un joyero. El señor Ponce, viejo cliente, lo consultó sobre la posibilidad de adquirir una cadenita para el tobillo y unos dijes para los quince años de su hija Merceditas. En su próximo viaje por esa zona, dentro de unos cuatro meses— ¡qué cercana parecía la luna desde el puente, y cómo su luz se desmenuzaba en la estela del remolcador!—llevaría en su valija un surtido de corazoncitos de oro. No, no fue tiempo perdido. Hubo un momento en que quedaron a solas Berel y Merceditas, y la chica le pidió consejos, como a un viejo y fiel amigo de la familia, un tío casi. Hablaron de amor y de inocencia. Una mujer se arriesga a una vida entera de tormento, le aseguró Berel, a menos que desde la niñez, desde el comienzo, sea casta como una cala blanca. La chica lo miraba en silencio, con lágrimas en los ojos obedientes y sencillos. Y rompiendo en sollozos, le confesó que estaba embarazada.

El agua golpeteaba contra el costado de una barcaza carbonera. Un ómnibus cargado de obreros yendo al turno noche envolvió el puente en una nube de gases negros. Berel se levantó el sombrero y se alisó el pelo, luego se lo encasquetó y con el ala se cubrió los ojos. Intentó calcular cuánto podría cobrar por una cadenita de tobillo y qué dijes serían más atrayentes. Pero en su mente sólo cabía el recuerdo de la cara de la niña y la imagen de sus ojos llenos de lágrimas. Abajo, sobre el agua densa, el reflejo de la luna parecía una herida brillante. Berel abrió su valija y sacó su reloj más caro. Lo alzó en el aire y el oro cogió un rayo de luz lunar. Como por propia voluntad, la joya se le escapó de los dedos, pegó en el agua y se hundió en la oscuridad.


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